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Supuestamente
destinados a la lucha contra la producción de coca y cocaína
en Colombia, los dos billones de dólares del Plan Colombia
(al cual recientemente se le cambió el nombre por el de Iniciativa
Andina), contempla un 80% de ayuda a los militares y a la policía
colombiana para armas, entrenamiento y helicópteros. Mientras que
esta política significó jugosos contratos para los proveedores
del Departamento de Defensa de los Estados Unidos, pagados por los mismos
contribuyentes, para los colombianos significó el rompimiento abrupto
de los diálogos de paz entre el presidente Andrés Patrana
(1996-2000) y los rebeldes izquierdistas, incrementando la guerra en este
país que cuenta con más de 50 años de conflicto civil
armado. El elegido presidente Alvaro Uribe Vélez ha intensificado
la lucha en contra de los dos principales grupos rebeldes, las FARC (Revolutionary
Armed Forces of Colombia) y el ELN (Army of National Liberation), contando
con armas y helicópteros recién enviados de los Estados
Unidos.
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En la actualidad,
Colombia se hunde en una infernal espiral de violencia con más
bombardeos y secuestros; más desapariciones y asesinatos de figuras
de la oposición y sindicalistas, y el incremento de la guerra por
parte de la milicia colombiana. El Plan Colombia está ayudando
a combatir a los movimientos guerrilleros de izquierda, no a los narcotraficantes.
Mientras el congreso de los Estados Unidos ha demandado que la ayuda militar
sea usada solamente para la lucha contra el tráfico de drogas y
no involucrarse en la guerra civil que se adelanta en Colombia, el Departamento
de Estado ha encontrado la manera de dejar este asunto de lado anunciando
oficialmente un cambio en sus prioridades: de la lucha anti-drogas a la
lucha contra el llamado terrorismo. Esto hace más fácil
atacar las acciones de grupos armados irregulares, teniendo como blanco
los grupos de izquierda que controlan territorios ricos en recursos naturales,
en particular petróleo.
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